Reseña: Nosferatu de Robert Eggers: la ruptura del vampiro romántico
- Orianna Paz
- 19 dic 2024
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 2 mar
Por Orianna Paz
Si hay algo que se ha forjado en el imaginario colectivo a lo largo de las décadas respecto de la figura del vampiro es su concepción como un ser sensual, hipnótico en su oscuridad, seductor, melancólico y romántico. La literatura gótica y el cine de Hollywood se han encargado de que así sea a través de grandes exponentes de la novela gótica contemporánea como Anne Rice con clásicos como Entrevista con el vampiro cuya versión cinematográfica con los icónicos Brad Pitt y Tom Cruise se convirtió en una bomba sexual en la que hasta una pequeña niña casi adolescente interpretada por Kirsten Dunst sucumbía ante los irresistibles encantos de Louis, el sexy vampiro encarnado por Pitt, pasando por la saga de libros de Crepúsculo, de Stephanie Meyer, que se convirtió en su símil fílmico en una oda al deseo vampírico adolescente de la mano de Kristen Stewart y Robert Pattinson, o el clásico de Francis Ford Coppola Drácula, de Bram Stoker, en la que Vlad el Empalador había cruzado océanos del tiempo para encontrar a su amada y reunirse con ella después de siglos. ¿Acaso hay algo más romántico que eso?
No obstante, si se revisa a detalle la obra escrita por Bram Stoker en 1897, su protagonista, Drácula, es todo menos romántico. Es más, es incapaz de sentir amor o cualquier otro sentimiento pues no es humano. Su motivación es completamente carnal y animal. Necesita la sangre para vivir. Y es justamente su naturaleza como depredador lo que Murnau reflejó en su filme de culto de 1922, Nosferatu y que hoy un siglo después Robert Eggers vuelve a plasmar en su remake del mismo nombre.

El Nosferatu de Eggers explota el lado más primitivo, bestial y sanguinario del vampiro y lo hace de forma cruda y extremadamente violenta. Su conde Orlok se alimenta vorazmente de sus víctimas como lo hace un animal hambriento, no con las mordeduras delicadas y ciertamente orgásmicas de sus predecesores frente a sus presas deseosas de ser poseídas y convertirse en no-muertas.
La historia es exactamente la misma del Nosferatu de Murnau y se sitúa en la ciudad alemana ficticia, Wisborg, en 1838. La hermosa doncella Ellen (interpretada por Lily-Rose Depp) se casa con su amor, Thomas Hutter (Nicholas Hoult), un joven que trabaja en una inmobiliaria. Su jefe, Herr Knock (Simon McBurney) le informa que el Conde Orlok, de Transilvania quiere comprar una casona en la ciudad y le ordena acudir al castillo donde éste vive para cerrar el negocio. Cuando Hutter parte, Ellen vuelve a experimentar perturbadoras pesadillas que la atormentan constantemente. Hutter vivirá un infierno en el castillo de Orlok y con horror se dará cuenta de que se trata de un vampiro, pero ya es demasiado tarde, ya que Nosferatu se ha adueñado de la mente de Ellen, quien sufre de alucinaciones, sonambulismo y posesiones endemoniadas hasta que Nosferatu llegue a su encuentro y se produzca el desenlace conocido.
Destacan particularmente en la versión de Eggers, el impecable diseño de arte, el vestuario, la puesta en escena y la música que enaltecen la ambientación de época y someten al espectador a un influjo casi hipnótico. Asimismo, la fotografía de tonalidades opacas que recuerdan de tanto en tanto al expresionismo de la obra maestra de Murnau y las bellas escenas donde los claroscuros son protagonistas a través de la luz natural de las velas, aportan solvencia a la atmósfera inquietante y sepulcral del filme.

No obstante, la caracterización del vampiro, de la creatura de Eggers, interpretada por Bill Skarsgård, recuerda físicamente más a un vikingo que a un chupasangre, desde su corpulenta complexión física, su espeso mostacho y el hecho de que casi nunca vemos sus característicos colmillos, aunado a un acento bastante exagerado en el que arrastra las “erres” para hacer notar sus orígenes rumanos, le restan impacto y potencia a una figura que en esta versión pretende ser más terrorífica, oscura y sádica que las anteriores.
Por otro lado, la construcción del personaje de Ellen también está un poco exagerada, con reiteradas convulsiones violentas y retorcidas que remiten a El exorcista o alguna película de demonios, con pocas variantes de Lily-Rose Depp.
Mención aparte merece el sobresaliente trabajo de Simon McBurney cuya actuación como el desquiciado, malévolo y devoto discípulo de Nosferatu, Herr Knock, un verdadero psicópata, se adueña de cada una de sus escenas.
Tal vez la mayor aportación de Eggers en su versión sea ser más fiel a la novela de Stoker con respecto al espíritu siniestro de esta creatura de las tinieblas y romper así con el romanticismo del vampiro tan desgastado y repetitivo al exhibirlo aquí como una bestia sedienta de sangre, repugnante, despreciable, cruel y violenta.
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